Eric. Isabel.
El chico moreno, de piel tostada, ojos miel y pelo ensortijado descansaba sobre la cama de su habitación escuchando el jaleo del pasillo. Era tal su mala suerte que el día en el que Muse venía por primera vez a Madrid, su hermana mayor se tenía que casar -pensaba él-. “¡Mamá, ayúdame a atar la corbata!”, “Ya tienes 16 años, cariño, eres lo suficientemente mayor como para hacerlo tú solo.”
La familia no era tan rara como le habían advertido…-parece que algo perturbó sus pensamientos-.
Hoy la ha visto.
“Ha cruzado callada, con sus movimientos de silenciosa armonía, entreabriendo aquellos ojos tan claros como el día (Y la Tierra, y el cielo… todo cuanto abarcan). Recostado sobre su asiento, piensa que ella tiene la luz, tiene el perfume… el color y la línea. Fuente eterna de poesía." Es rubia, es alta, tiene curvas. Pasa contoneándose elegante sin prestar atención a Eric. Aparentemente.
“Te veo como se siente un terremoto, como con turbulencias en el pecho, como el secreto que nunca escondemos. Te veo como se escuchan golondrinas, o como a mi barriga un buen poeta. Como ese subidón de adrenalina de cuando se adelanta alguna espera.” -Piensa ella-.
Hoy la ha visto…, la ha visto y la ha mirado.
Se sienta a su lado.
“Los invisibles átomos del aire en derredor palpitan y se inflaman; el cielo se les deshace en rayos de oro, la tierra se estremece alborozada. Oyen flotando en olas de armonía rumor de besos y batir de alas. Sus párpados se cierran… ¿Qué sucede? ¡Es el amor, que pasa!”
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